lunes, 7 de febrero de 2022

9 películas que todo Abogado debe ver

lectura 6 minutos

En mis clases de Derecho en la Universidad Anáhuac, les suelo pedir a mis alumnos ver películas. Algunas veces incluso las he compartido con ellos en el salón de clases, o hasta por Zoom, como ocurrió durante el periodo de Gran Reclusión a causa de la pandemia (2020 y 2021). Las películas me ayudaron mucho en mis clases de Ética Jurídica (Deontología) durante un par de años. También se las he sugerido en mi curso de Comparative Law (Derecho Comparado), que les imparto en inglés; ya que refuerza en ellos la posibilidad de comparar entre el sistema jurídico Romano-Germánico (el nuestro), y el de la familia del Common Law, propio de los países anglosajones, y con Estados Unidos y el Reino Unido a la cabeza.

Les comparto enseguida una propuesta de 9 películas muy recomendables para los abogados, para los estudiantes de Derecho y también para los pasantes que comienzan su vida profesional. En todos los casos, las películas muestran elementos propios de la condición humana, de las leyes, del significado de la justicia y el deber ser. Sobre cada una les doy una breve referencia, libre de spoilers, por supuesto, a fin de que por ustedes mismos descubran su contenido. La mayoría de las películas las encontrarán en las diversas plataformas de streaming bien conocidas (Netflix, HBO Max, Prime Video, AppleTV etc.). Pocas veces es necesario adquirirlas en formato físico. Así que ¡vamos a darle! Con ustedes las 9 películas que todo Abogado debe ver:

The Firm (La Firma, o Sin Salida)

Mitch McDeere (Tom Cruise), es un pasante recién egresado de la carrera de Derecho en Harvard, y por su excelencia académica logra ser contratado por una pequeña Firma de abogados en Memphis, que le ofrece un sueldo y prestaciones de ensueño. Pronto descubrirá las misteriosas características de la Firma. Película basada en la magnífica tradición de thrillers jurídicos de John Grisham.

Just Mercy (Buscando Justicia)

Bryan Stevenson (Michael B. Jordan) también fue un buen estudiante de Derecho en Harvard, pero a diferencia de sus compañeros, él no decidió irse a los grandes despachos a ganar dinero, sino a ayudar a la gente pobre o sin recursos. Es pues, un abogado social. Usando como base a una organización civil sin fines de lucro, Bryan se fija el objetivo de defender a personas afroamericanas (como él), que han sido injustamente encarceladas, acusadas de diversos delitos.

A Few Good Men (Cuestión de Honor)

Daniel Kaffee (Tom Cruise) es un abogado miembro de la Marina de Estados Unidos, que tiene poco tiempo de práctica pero un gran desempeño, ganando asuntos asociados a ese sector. Un día le encargan la defensa de dos conscriptos, acusados de asesinar a un colega en la base naval estadounidense ubicada en Bahía de Guantánamo, en Cuba. El caso se convierte rápidamente en una cuestión de honor. Es una delicia ver la soberbia actuación de Jack Nicholson en el papel del Coronel Nathan R. Jessup. 

The Judge (El Juez)

Hank Palmer (Robert Downey Jr.) es un exitoso abogado, quien no lleva una relación de cercanía con su familia, incluido su padre, el respetado Juez Joseph Palmer (Robert Duvall), con quien es incluso distante. Hank recibe un día la llamada de su hermano, avisándole de la muerte de la madre de ambos, por lo que acude al funeral. Estando abordo del avión de regreso, el hermano le llama de nuevo, ahora avisándole que el Juez está acusado de homicidio, y le pide defender al padre de ambos.

A Time to Kill (Tiempo de Matar)

Una película más con el sello de John Grisham. En esta película, Jake Brigance (Mathew McConaughey) es un abogado que ejerce en el estado de Mississipi, en el corazón del sur racista de Estados Unidos. Jake es blanco, lo cual es importante para la trama. Un día, una pequeña niña afroamericana es abusada y golpeada por dos supremacistas blancos. El padre de la pequeña, Carl Lee Hailey, acude a Jake que es su amigo, y le pregunta si lo defendería en caso de que él decidiera matar a dos hombres. Jake le dice que sí, pero que no haga nada estúpido.

Devil's Advocate (El Abogado del Diablo)

Kevin Lomax (Keanu Reeves) es un abogado en una pequeña localidad de Florida, y quien es famoso porque nunca ha perdido un caso. Es algo de lo que él se siente orgulloso. Después de un difícil caso, es contactado en un bar por el representante de una poderosa firma de abogados de Nueva York, quien lo invita a catapultar su éxito. A través de él Kevin conoce al director de ese imperio jurídico, llamado John Milton (Al Pacino). Milton le ofrece riqueza, fama y éxito si se une a ellos y Kevin no duda en mudarse con su esposa a esa nueva vida de lujo y glamour. Sin embargo, tan pronto se integra a la Firma, sucesos desconcertantes ocurren en torno a su vida; algo en lo que siempre está involucrado Milton.

Erin Brockovich

Basada en un caso de la vida real, Erin Brockovich (interpretada por Julia Roberts), narra la historia de una madre divorciada y sin trabajo, que por azares del destino termina auxiliando a un abogado en su despacho. Estando ahí, Brockovich conoce el caso de una familia que tuvo gastos médicos que fueron pagados por la empresa Pacific Gas and Electric Company (PG&E). Al poco tiempo se da cuenta que el caso se relaciona con agua contaminada, y a partir de ahí, Erin se convierte en una activista ambiental que termina por encabezar una famosa acción judicial en contra de dicha compañía.

JFK

Esta estupenda película narra el caso judicial del magnicidio del presidente estadounidense John F. Kennedy, en 1963. El protagonista es el Fiscal de Distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison (Kevin Costner), quien se dedica a investigar el caso y emprende uno de los más famosos juicios en la historia de ese país, en el que el Fiscal busca demostrar que el asesinato fue producto de un complot bien planeado, con el objeto de privar de la vida al presidente de Estados Unidos.

In the Name of the Father (En el Nombre del Padre)

En 1974, una bomba terrorista cobró la vida de gente inocente en un bar en Londres. El día de los hechos, el joven norirlandés Gerry Conlon, se encontraba en esa ciudad. Precisamente sus padres lo habían enviado ahí a casa de una tía, para alejarlo de los graves problemas de violencia política y religiosa que por entonces sufría Irlanda del Norte, que buscaba independizarse del dominio británico. El hecho fortuito de la presencia de Gerry en Londres, así como su relación con personas a las que acababa de conocer, hizo que fuera acusado junto con su familia y amigos de ser responsables del acto terrorista, y encarcelado junto con su familia y amigos, que vivían en Belfast, dando pie a uno de los juicios más famosos que existen en torno al famoso conflicto. La película contó con el apoyo y la música de U2, cuyos miembros, siendo jóvenes atestiguaron el problema de Irlanda del Norte, lo que los llevó a componer la famosa canción Sunday Bloody Sunday, sobre los acontecimientos del Domingo Sangriento, el 30 de enero de 1972, el cual acaba de cumplir 50 años.

martes, 1 de febrero de 2022

10 lecciones para un mundo post-pandemia

lectura 12 minutos

El 25 junio de 2017, casi tres años antes del inicio de la pandemia, Fareed Zakaria, el reconocido escritor y periodista indo-americano, hizo la siguiente predicción en su programa de televisión de CNN:

"Una de las mayores amenazas para Estados Unidos, no es tan grande. De hecho, es diminuta, microscópica, miles de veces más pequeña que la cabeza de un alfiler. Los patógenos mortales, sean naturales o hechos por el hombre, podrían detonar una crisis de salud global, y los Estados Unidos están totalmente desprevenidos para lidiar con ello... Ciudades densamente pobladas, las guerras, los desastres naturales y los viajes aéreos internacionales significan que un virus mortal propagado en un pueblo de África pueda transmitirse casi a cualquier lugar en el mundo, incluidos los Estados Unidos, dentro de 24 horas.... [Los problemas de] bioseguridad y las pandemias atraviesan todas las fronteras nacionales. Los patógenos, los virus y las enfermedades tienen la misma oportunidad de ser asesinas. Cuando la crisis llegue, esperemos que tengamos más financiamiento y más cooperación internacional. Pero para entonces, será demasiado tarde". 

La pandemia está cumpliendo dos años de ser el más importante tema de la agenda mundial, y el famoso escritor y pensador de origen hindú escribió un excelente libro en el que aporta 10 lecciones para un mundo post-pandemia, que es el título del mismo. Es un librazo que les recomiendo. Su versión original es en inglés (que fue como yo lo leí), y recientemente fue también editado en español. Les comparto enseguida una breve reseña con los puntos esenciales del libro, sin ahondar en los detalles, que encontrarán al leerlo.

La lección uno, que nos aporta Zakaria se llama abróchate el cinturón de seguridad. Ahí, el autor refiere que los humanos siempre estamos expuestos a riesgos y cataclismos que nunca dejan de presentarse, para los que no estamos casi nunca preparados y peor aún: para los que ni siquiera nos molestamos en prevenirlos. Las tres mayores crisis del siglo XXI, como el 9/11, la crisis financiera de 2008 y el Covid-19, explica el autor, sucedieron por no prevenir, respectivamente, los riesgos que conllevaba el capitalismo excluyente, los mercados financieros sin regulación y el cambio de hábitos alimenticios sin control. Las crisis no solo se deben afrontar, sino también prevenir, comenzando con las del cambio climático y las emergencias sanitarias. Se requiere un cambio de cultura en el mundo para anticiparse a los efectos de esas crisis que inminentemente llegan siempre, tarde o temprano. La cooperación internacional para prevenir esas crisis, debe acompañarse de medidas tan necesarias en la vida de la gente, como la mayor parte de las veces ignoradas: comprar seguros y abrocharse el cinturón.

La lección dos se denomina Lo que importa no es la cantidad de gobierno, sino la calidad. Aquí Zakaria hace la ineludible comparación sobre cómo enfrentaron la pandemia los países responsables y los que no. Encuentra que en el manejo y control de la contingencia sanitaria, la democracia demostró ser más efectiva que los regímenes autoritarios o bien populistas, que son tan autoritarios como irresponsables. Menciona en el primer grupo a Corea del Sur, Nueva Zelanda, Taiwán, Alemania o Austria, países modelo de la buena gestión de la emergencia de salud. En el segundo grupo en cambio, incluye a Estados Unidos, Brasil y México. El autor se pregunta por qué algunos estados tienen gobiernos que funcionan bien y otros no. Enseguida hace un balance histórico de las burocracias efectivas, comenzando con el Imperio Romano o Bizancio, y de ahí se sigue hasta nuestros días, en donde los gobiernos de países pequeños o menos poderosos, son más efectivos para servir a los ciudadanos y protegerlos que los que se supone que cuentan con mejores medios para ello. Y al final, dice, de eso se trata: de la eficiencia y no de la ideología. Los estados fuerte, con gobiernos fuertes y con capacidad de intervención, pero regidos al mismo tiempo por leyes sólidas, tendrán mejor calidad sin importar que sean chicos. Los países exitosos no minimizan al Estado, sino que lo dotan de capacidad de acción, ahí donde la iniciativa privada no interviene. Esa característica la comparten los países exitosos ante la pandemia. Eso nos lleva a la tercera lección.

La lección tres es llamada Los mercados no son suficientes. Un mantra muy arraigado por siglos en los países más desarrollados de Occidente era que el libre mercado y la desregulación eran el origen de la riqueza y del bienestar. Sin embargo la forma de pensar de la gente en todo el mundo ha comenzado a cambiar a partir de que la pandemia exhibió la vulnerabilidad de quienes carecieron –o carecen– de los medios suficientes para hacerle frente a las necesidades más apremiantes que trajo consigo la emergencia sanitaria. La comparación de China con Estados Unidos exhibe los puntos débiles del libre mercado. Es verdad que la liberación de mercados en la última década incentivó el crecimiento y la innovación, pero también fomentó la concentración del ingreso, la desigualdad y un sistema político que ha sido comprado por los más poderosos. Y mientras eso ocurre, China puso en marcha su modelo de Mercado-Leninismo (Market-Leninism), con el que mezcla un capitalismo inmenso con un modelo a la vez estatal. El mundo es cada vez más uno en donde los ciudadanos deben pagar por participar (comenzando con la salud), lo que ha dejado a millones a su suerte. Es posible sin embargo, dice el autor parafraseando a Francis Fukuyama, llegar a Dinamarca, un país que es exitoso en su libre mercado porque su gobierno es fuerte, y viceversa. Ese país cobra altos impuestos, pero es líder en redistribución, y eso le permite tener un estado de bienestar robusto, que a la vez incentiva la inversión, al disminuir los costos de invertir y de crear o de eliminar empleos: el Estado es generoso con las personas sin empleo. Igual a como lo es con la salud, la educación, la seguridad y los servicios públicos: Es el Estado generando prosperidad compartida, en apoyo del mercado.

La lección cuatro lleva por nombre La gente debería escuchar a los expertos –– y los expertos deberían escuchar a la gente. En este punto, el autor comienza por exhibir el terrible daño que políticos como Donald Trump en Estados Unidos, López Obrador en México, o Bolsonaro en Brasil, entre tantos otros que menciona, hicieron a sus países y a sus gobernados por rechazar sistemáticamente la opinión de los expertos durante la pandemia. Por el contrario, declararon desde que eran candidatos que "la gente estaba harta de los expertos". Contrario a ellos, la [entonces] canciller alemana Angela Merkel ––científica–– fue ejemplo mundial de... poner el ejemplo, y de comunicar a su pueblo las medidas que se estaban tomando ante la pandemia y el por qué. Y sin embargo los ciudadanos en el mundo están llevando al poder a los políticos más irresponsables porque estos saben leer a la gente y manipularla para canalizar el enojo y frustración popular en contra de las élites de poder, a las que los líderes populistas culpan de la situación de desventaja social de sus potenciales electores. Y al final una mayoría de estos políticos ya en el poder, se erigen en la única fuente de su verdad, por encima de la de los expertos, con la consecuencia inmediata que eso trae para la gente en términos negativos, mientras que los políticos más serios son desplazados por no haber sabido superar a esos políticos, que ante las crisis son un pasivo para sus pueblos. En resumen, dice Zakaria, la gente debería escuchar a los expertos. Pero también los expertos a la gente.

La lección cinco tiene por título La vida es digital. Cuando concluyó la pandemia de influenza (o gripe española) en 1920, el mundo no volvió a una nueva normalidad, sino simplemente a la normalidad de acudir a trabajar para tener empleo, ir a las tiendas para poder comprar comida, o a los teatros y salones de música para entretenerse. No tenían de otra. Y sin embargo, la pandemia de Covid-19 en 2020 llegó en un momento de salto tecnológico cuando todo eso se volvió posible con solo oprimir un par de botones, desde la comodidad del hogar. Y más allá de eso, la pandemia incluso aceleró esa posibilidad. Ya todo lo que nos rodea es digital. Incluso negocios que nunca se crearon ni pensaron para ser digitales, como los estrenos de películas, la comida de lujo o las consultas médicas, se tuvieron que adaptar a esta nueva realidad. La economía cambió por completo y ese cambio no hará sino ensancharse cada vez más. Si de por sí el salto tecnológico iba empujando a la sociedad hacia allá, con la pandemia no hubo de otra, y el cambio se tuvo que aceptar y acelerar. Se ha acelerado también la competencia entre la IA y las personas por los puestos de trabajo. Cada vez más profesiones serán desplazadas (algunas) o complementadas (las más) por la IA, y esto traerá consigo otro reto para la sociedad, pues la gente comenzará a poner en duda su propósito en la vida. La vida es ya digital y lo será cada vez más, y precisamente por eso, ahora nos enfocaremos más en lo que a diferencia de las máquinas, nos vuelve más humanos.

La lección seis se intitula Aristóteles tenía razón–– somos animales sociales. Las grandes ciudades son la forma típica en que los humanos se agrupan desde hace más de un siglo. Y sin embargo también son epicentros de grandes catástrofes, incluidas por supuesto las pandemias. La de Covid-19 convirtió a las principales urbes del mundo en lugares fantasma en 2020. Y a pesar de ello, la historia demuestra que las ciudades que sufren desastres o destrucción, suelen salir de sus crisis más fuertes que antes. La tecnología las ha vuelto cada más habitables. Y a pesar de las calamidades, su población goza de mejor acceso a condiciones de salud y mejores servicios públicos. Son las ciudades el centro de las grandes ideas, la innovación y la acción. Para 2030, el 80% de la población vivirá en megaciudades. La urbanización es un proceso que no parará, y las ciudades (grandes o chicas) serán cada vez más habitables. Esto prueba que la gente disfruta del contacto con otros, y vivir con otros, y no alejados. Nos gusta participar, colaborar y competir, a pesar de las calamidades. Los humanos crean ciudades y éstas crean a los humanos ––son dos caras de una misma moneda––. Aristóteles tenía razón: somos animales sociales por naturaleza.

La lección siete es esta: La inequidad se pondrá peor. Decía el famoso artista mexicano José Guadalupe Posada –nos recuerda Zakaria–, que la muerte es democrática, y nos alcanza a todos por igual. Y que al final, con independencia de si uno es blanco, moreno, rico o pobre, todos terminaremos siendo esqueletos. La pandemia es el gran ecualizador y nos iguala a todos en la desgracia, sin importar nacionalidad, raza, clase o credo. El Covid-19 aceleró el proceso de desigualdad entre países, que había estado estabilizado, y por supuesto la inequidad entre las personas; lo mismo en términos de acceso a la salud, que de acceso a ayuda gubernamental y a las expectativas personales. Y la inequidad también pegará a las empresas, pues las más grandes se volverán más ricas y grandes. Estamos comenzando una época en donde lo que antes no se cobraba, ya se cobra. Todo tiene un precio, incluso un pasaporte o una ciudadanía. Muchos países ya están comenzando a vender su ciudadanía, y a precios altos. Y en una sociedad en donde cada vez más cosas son cobradas y cuestan más, la inequidad crecerá. Es muy probable que habrá otra pandemia, y necesitamos reconocer que deberemos mantener a todos seguros y con salud, sean ricos o pobres. La inequidad podrá ser inevitable, pero en el más elemental sentido moral, todos los humanos son iguales.

La lección ocho de Zakaria es que La Globalización no significa la muerte. La globalización o proceso de integración entre los países del mundo es con frecuencia objeto del ataque de personas o grupos que buscan culpar a ese fenómeno, de las cosas malas que ocurren hacia adentro de los países; desde las crisis financieras, las económicas, las del empleo o las de salud (pandemias). Hasta el Covid-19, por ejemplo, se hablaba de la gripe española (1918-19) o más recientemente, del Síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, por sus siglas en inglés). Lo mismo se intentó infructuosamente respecto del Covid-19. La realidad sin embargo, es que la pandemia aceleró la capacidad de respuesta de los países, y su mutua dependencia también. Y lo mismo ha ocurrido en la economía en general.

La economía digital vive hoy su mejor época, y la interdependencia económica entre países es la norma. Incluso en el pasado, lo que socavó la última gran era de la globalización fue consecuencia de la realpolitik, no de la economía. De esa manera tenemos que Estados Unidos y China, las dos mayores economías del planeta, están interrelacionadas, y son conscientes que tendrían mucho que perder, lo mismo que sus ciudadanos, si decidieran revertir su interdependencia; aunque eso no significa que no podría pasar. Dicho de otra manera, la globalización no está muerta. Pero podríamos matarla.

La lección nueve es que El mundo se está volviendo bipolar. Durante décadas, ha habido innumerables predicciones que hablan del declive de Estados Unidos como potencia mundial. Mucho se ha escrito y dicho al respecto. Esto se ha acelerado a partir del surgimiento de China como potencia, un país que a diferencia de la entonces Unión Soviética, sí es un formidable competidor para los estadounidenses en términos económicos y tecnológicos. Sin embargo, la evidencia ha mostrado que Estados Unidos mantendrá su poder económico, militar y tecnológico, lo mismo que su peso geopolítico, a pesar del auge de China. Las tensiones entre ambos países son inevitables, pero no así el conflicto. Se puede pensar en una bilateralidad en donde existan dos potencias, pero sin conflicto militar. Incluso se puede tener una bipolaridad sin una Guerra Fría entre ambos países. Estados Unidos y China son dos potencias que viven en un mundo globalizado e interrelacionado en términos económicos, con un orden internacional robusto y con instituciones fuertes, como la ONU, que regula el comportamiento internacional de los países, y facilita a través de la cooperación, la solución para problemas comunes. Esto es algo que no existía previo a las dos guerras mundiales. Y el resultado está a la vista: el mundo vive el mayor periodo de paz en su historia, y nunca antes tantas personas habían logrado escapar de la pobreza. La bipolaridad es inevitable. Una guerra fría en cambio, es solo una opción.

La lección diez y última del libro, es que Algunas veces los mayores realistas son idealistas. En 2020, el año en que comenzó la pandemia, el mundo cumplió 75 años de paz relativa. Se trata de un periodo inigualable en la historia, que fue posible gracias al decidido impulso a la cooperación internacional, a la diplomacia y a la creación de instituciones garantes de la paz, la seguridad y el desarrollo. Todas esas instituciones fueron posible gracias a políticos idealistas, que tradujeron su idealismo en realismo. Personajes como Franklin D. Roosevelt o Winston Churchill, o los líderes modernos que tienen ideales como motivo de su actuar, impulsaron al multilateralismo, algo contrario a los políticos nacionalistas contrarios a los ideales, que han hecho más daño que bien, como Trump, por ejemplo. El mundo debe ser consciente de que jamás existirá de nuevo una hegemonía americana. No habrá una restauración del poderío inigualable de Estados Unidos, y hoy en cambio, hay nuevos países y nuevos jugadores en el escenario de poder e influencia, y entre ellos están China y Rusia, que constituyen desafíos a la paz y estabilidad mundiales. Vale mucho la pena retornar al espíritu del idealismo que hizo posible el progreso y el desarrollo del mundo. Los ideales construyen muchas veces mejores porvenires que la simple aplicación del realismo. Y al comparar 1945 con la época actual, lo podremos corroborar. Los resultados del idealismo a veces son mejores.


Leer el libro de Fareed Zakaria y reflexionar sobre su contenido, es la invitación que les hago, amables lectores.

Las crisis son las grandes detonadoras de los cambios en las sociedades, pero debemos ser conscientes de que estos cambios no siempre estos suceden en beneficio de las personas, que se pueden ver afectadas en su vida, salud, calidad de vida, empleo y perspectivas de un mejor futuro.

Que el cambio de paradigma por el que atraviesa la humanidad derivado de la pandemia, sirva para detonar los cambios destinados a igualar la oportunidades de la gente, y para democratizar los beneficios de la globalización y del salto tecnológico. Es tarea de todos empujar en esa dirección.

lunes, 17 de enero de 2022

Vidas paralelas: 100 años del Huichol

lectura 8 minutos

Un siglo de vida cumple hoy el expresidente Luis Echeverría. Finalmente no se cumplió el famoso refrán popular que dice que "no hay mal que dure 100 años", y hoy "El Huichol" (conocido así por Luis y por nacionalista), arriba al doble tostón, tranquilo y campante en su residencia del surponiente de la Ciudad de México, en la calle de Magnolia 131, en San Jerónimo Lídice; colonia que por cierto fue creada y urbanizada por él para ser la sede de su casa, y para cuyo desarrollo expropió inmensas zonas de los ejidos de San Jerónimo Aculco y San Bernabé Ocotepec, de los que después se apropió, al igual a como hizo con medio estado de Morelos.

Hace ocho años escribí un artículo respecto a los 92 inviernos a los que por entonces arribaba Echeverría (bit.ly/3A3Ba99), volviéndose el presidente mexicano más longevo de la historia. No contemplé entonces una importante posibilidad que en 2014 se veía remota: que pudiera existir en el México contemporáneo y en pleno siglo XXI, una nueva versión de Luis Echeverría. Y sin embargo la tenemos en la figura del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), algo tan lamentable como peligroso para el país.

De Luis Echeverría se ha documentado toda su vida política desde el inicio a mediados de los años 30, cuando a decir de su amigo de juventud José López Portillo, el Huichol admiraba al entonces presidente Lázaro Cárdenas y se propuso emularlo; y hasta el 2006, cuando un juez ordenó en su contra arraigo domiciliario, acusado de desaparición forzada y de ser el autor intelectual de las matanzas estudiantiles de 1968 y 1971. Los juicios fueron promovidos por líderes universitarios de entonces, que fueron víctimas de Echeverría, encabezados por Raúl Álvarez Garín. Trabajando yo unos años antes en la Dirección de Asuntos Jurídicos de la UNAM (durante 2001 y 2002), me tocó participar en el proceso de apersonamiento jurídico de la Universidad en tales juicios. Muchos recordamos al Huichol siendo jaloneado e insultado por las víctimas al entrar a un edificio durante una comparecencia judicial. Tuvo que ser protegido por policías.
Echeverría fue el primer presidente nacional-populista que tuvo México, si nos atenemos a que Lázaro Cárdenas gobernó en una época en que esa categoría política tan latinoamericana aún no existía, y que faltaba aún una década antes de que la inventara Perón en Argentina.

Entre 1970 y 1976 en que gobernó, Echeverría echó a andar una maquinaria para destruir todos los logros obtenidos durante el periodo conocido como El Desarrollo Estabilizador, ese que hizo posible industrializar al país y desarrollarlo en términos económicos y sociales. El famoso milagro mexicano, tan admirado en el mundo de entonces, hizo posible que México obtuviera la sede de los Juegos Olímpicos de 1968 y del Mundial de Futbol de 1970; algo que emularía Brasil con su propio milagro económico entre 2003 y 2010, y que a su vez le otorgó al coloso sudamericano la sede de ambos eventos en 2016 y 2014, respectivamente. El gran salto económico mexicano, enmarcado en el periodo conocido en todo el mundo como Los Treinta Gloriosos, permitió al ciudadano promedio duplicar su nivel de vida entre 1940 y 1970, una movilidad social sin precedentes en tamaño y profundidad para el país. El crecimiento de la clase media en ese periodo fue exponencial. Todo eso lo destruyó el Huichol. Y México aún hoy en 2022 no se ha podido recuperar del desastre causado por él. Ni siquiera los éxitos económicos de los presidentes mexicanos entre 1988 y 2012 lograron revertir el desastre echeverrista. Su legado no solo persiste, sino que se ha reconfigurado en la figura de AMLO. Es aquí en donde los paralelismos nos deben ocupar y preocupar.

Luis Echeverría es el alter ego de López Obrador. Es su más avezado discípulo, aunque por el desprestigio del primero, el segundo esconda su comunión con él. Actúan igual y las coincidencias están a la vista.

Aún olía a pólvora y a muerte en la avenida San Cosme en la Ciudad de México a causa del Halconazo, cuando AMLO se afilió entusiastamente al PRI. Era 1971 y el macuspano comenzaba su trayectoria política, que lo llevaría de la mano de los más autoritarios y estatistas referentes políticos tabasqueños, a ser formado, educado y adoctrinado ideológicamente en el priismo nacional-revolucionario que encabezaba el presidente Echeverría. Esa fue su formación ideológica, la mística que lo tocó, y la forma de gobierno que admiró: la del "hombre fuerte" que concentra todo el poder de manera autoritaria y actúa movido "por la causa de los pobres".

Años antes de que incendiara pozos petroleros, cuando apenas se iniciaba como agitador social en Tabasco, AMLO no se imaginó que llegaría a tener mucho más poder político y económico que Luis Echeverría. Mucho menos soñó que lograría desarrollar una mayor capacidad destructiva que el Huichol. López Obrador superó a su maestro en populismo, solo que sin la capacidad de gestión gubernamental de aquél. AMLO es mucho más peligroso que el Huichol.

Al igual que su mentor, López Obrador viste de guayabera (código de vestimenta por excelencia del político priista nacional-populista). Igual que el Huichol, el macuspano concentró en su persona todo el poder político de México y todas las decisiones trascendentes con impacto político y económico. Similar a Echeverría, AMLO habla y habla y habla, hasta por los codos. La verborrea es a final de cuentas, una de las características más típicas de los populistas. Es esa incontinencia verbal la que los lleva a pontificar de todo, a considerarse como modelos de moral, a descalificar a adversarios y a defender lo indefendible.

Mientras que Luis Echeverría etiquetaba a los empresarios de "riquillos" y "sacadólares", López Obrador también se peleó con ellos, y los ha tachado de "neoliberales", "conservadores" y de "corruptos" (un adjetivo este último que define el actuar de ambos presidentes, de sus familias y de sus círculos cercanos). Igual que Echeverría, el macuspano emprendió medidas estatistas, convirtió al Estado en "empresario" y dilapidó el dinero público. Igual que el Huichol, AMLO afectó severamente a los pobres, cuyo número acrecentó, y arrinconó a la heróica clase media, que vive de su esfuerzo, y no del gobierno. A los miembros de la clase media Echeverría los llamó "fascistas", mientras que López Obrador los bautizó como "aspiracionistas".

Respecto a la clase media por cierto, tengo muy vivos recuerdos que seguramente comparten muchas familias mexicanas. En mi caso, debo decir que mis papás se casaron en octubre de 1970, tres meses antes de que llegara al poder el Huichol. Siempre les escuché decir que Echeverría echó por la borda muchos de los objetivos que pensaron en construir. "Echeverría subió la gasolina y el azúcar casi de inmediato cuando nos casamos", nos decía mamá años más tarde. "Cada que tu papá obtenía un aumento de sueldo o mejoraba su posición, venía al poco tiempo una crisis o una devaluación", fue la frase constante que le escuché decir a ella respecto a los años 70 y a sus secuelas durante toda la década de los 80. Recuerdo a papá llenando el tanque de gasolina del coche una noche antes de que entrara en vigor un gasolinazo (sí, Echeverría también ordenaba gasolinazos). Todo ese desastre lo originó en 1970 Luis Echeverría. En lugar de transformar a México para convertirlo en potencia, cuando el país estaba en condiciones de dar ese salto, y como sí lo entendieron países como Japón, Corea del Sur e incluso China tras la muerte de Mao, el Huichol decidió entorpecer la inversión privada, estatizar la economía, cerrar las puertas del país y tapiarlas a cal y canto. Desperdició una oportunidad y coyuntura históricas e irrepetibles. 

Tanto el Huichol como López Obrador se soñaron tocados por el dedo de la Historia, mejor aún: ellos eran La Historia. Los dos le echaron la culpa a otros de sus propios fracasos, pero al mismo tiempo se vieron trascendiendo a sus sexenios y siendo admirados y aplaudidos por el mundo entero. Esos son los paralelismos. En el caso del echeverrismo ya sabemos en que derivó ese concierto de pedantería: en la quiebra económica del país y en el desprestigio nacional e internacional de su autor.
Ahora viene la cruda asimetría en los dos personajes: AMLO como dije arriba, es una máquina muy eficiente en destruir, pero carece de la pericia gubernamental de Echeverría. El Huichol hay que decirlo, encabezó una administración pública pujante, muy eficiente y con personajes de primera calidad y nivel a cargo de secretarías de Estado y organismos públicos. Gente preparada, con experiencia y una enorme capacidad de gestión administrativa y política. Gracias a eso, Echeverría pudo convirtir a los territorios de Baja California Sur y Quintana Roo en estados de la República en 1974. El Huichol fue además prolífico en crear organismos públicos que siguen siendo un referente para el país en nuestros días.

¿Qué organismos creó Echeverría? El CONACYT, la UAM, el Infonavitel Fovissste, la Profeco, los CCH de la UNAM, el Conapo de Gobernación, el Issfam (el ISSSTE de las fuerzas armadas), el Fonacot , la Cineteca Nacional, y el Instituto Mexicano de Comercio Exterior (IMCE); entre muchos otros. A eso se debe sumar la infraestructura carretera y de transporte que impulsó, incluidas las ampliaciones de líneas del Metro en la Ciudad de México que ordenó. La obra pública de esa época no ha ocasionado tragedias, ni entonces ni ahora.

¿Qué ha creado en cambio López Obrador? Nada.

Contrario a su mentor, AMLO ha sido incapaz de crear un solo organismo. Y ya ni hablar de pensar en uno solo que trascienda a su gobierno. Sus dos obras "emblema", la Central Avionera de Santa Lucía y el Tren Maya, son rotundos fracasos en términos administrativos y de viabilidad. Incluso hasta las sucursales del supuesto "Banco del Bienestar" que prometió construir son inexistentes. López Obrador es el hazmerreír administrativo de todos sus predecesores vivos, incluido Echeverría.

Como presidente, López Obrador no ha construido ni legado nada que vaya a permanecer en pie después de él. Y en cambio ha destruido a ritmo industrial todo lo que recibió: instituciones, organismos y capital humano en el servicio público. AMLO ha tirado por la borda décadas enteras de experiencia gubernamental y administrativa acumuladas: destruyó al gobierno de México. Así,  tal cual.

AMLO heredó pues, los peores rasgos autoritarios y de corrupción de Luis Echeverría, sus ínfulas de grandeza y su populismo económico, pero carece por completo de la capacidad como gobernante de aquél. 

Eso solo puede vaticinar un fin de gobierno muy peligroso en 2024, y un séptimo año que obliga a encender todas las alertas. Sí, López Obrador es la versión 2.0 de Luis Echeverría. Solo que en versión muy chafa y con rebaba.