lunes, 28 de noviembre de 2022

Mi adiós al PAN

Nadie me invitó al PAN. Tampoco llegué como consecuencia de ser hijo, nieto, o sobrino de alguien ahí. No había un solo pariente, amigo o conocido mío que formara parte del PAN. Simplemente un día de principios de 1995, tomé la Sección Amarilla –no había aún internet en México, ni teléfonos inteligentes–, busqué «partidos políticos», vi la dirección y me presenté en la sede nacional del partido. Dije en la entrada que quería entrar. El policía, amable, me respondió con un «muy bien regístrese». Le tuve que explicar que por «entrar» no me refería a ingresar al edificio, sino a ser miembro del partido. De ahí me remitieron a la sede del PAN en la Ciudad de México, y ahí me estrené, esa misma tarde, a los 20 años, como miembro juvenil, en un mitin del partido en el Ángel de la Independencia, en contra de un fraude electoral cometido en Yucatán por Víctor Cervera Pacheco en contra del candidato a gobernador por Acción Nacional, Luis Correa Mena, el famoso «gordo» Correa. El orador principal en el mitin, fue nada menos que mi ídolo, el Jefe Diego, por quien apenas unos meses antes voté para que fuera presidente de México, en mi primera votación presidencial. Pocos meses después y conforme a las reglas del partido, me convertí formalmente en militante, aceptado en el comité que me tocaba, en Álvaro Obregón, que era conducido por quien después sería mi amigo, Paco Ruiz Cabañas Izquierdo.

¿Por qué decidí sumarme al PAN? Fui simpatizante del partido desde los 14 años, cuando en 1988, en primero de secundaria, promoví entre mis compañeros al entrañable Manuel «Maquío» Clouthier, y les repartía folletos (pequeñas historietas) sobre la vida del candidato presidencial del PAN, dibujadas por la genial pluma de Paco Calderón. Para 1994, el debate en el que el Jefe fulminó a sus adversarios de frente, de forma valiente y sin mentiras, fue el detonador que me animó en definitiva a afiliarme al PAN. El partido me cambiaría, como a muchos, la vida en muchas formas.

Puedo afirmar que conozco al PAN como pocos. Lo conozco desde «las tuberías» y hasta «los acabados». Desde la militancia de a pie, pasando por años de arrastrar el lápiz (aún ya casado y con hijos), hasta las posiciones de representación a nivel municipal (distrital y luego delegacional en el caso de la CDMX). Lo conozco desde las campañas electorales a ras de tierra, hasta la elaboración de documentos estratégicos de alcance nacional. Desde el mundo de la doctrina y la ideología, hasta la representación internacional. En más de cinco lustros, fui secretario juvenil y secretario general de mi comité local; fui coordinador general de la única campaña electoral que con todo en contra y estando más perdida que ganada, logró derrotar en el cénit de su popularidad a Andrés Manuel López Obrador y a su movimiento en la CDMX en 2003: la campaña de mi amigo Miguel Ángel Toscano (de la que incluso escribí y presenté un libro). 

Fui coordinador de asesores del Grupo Parlamentario del PAN en la entonces Asamblea Legislativa (hoy Congreso) de la Ciudad de México. Representé al PAN en eventos de carácter internacional. Fui custodio durante la última década, de la identidad partidista en sus documentos fundamentales. Fui consejero regional en la CDMX una vez. Redacté tres plataformas electorales nacionales y una iniciativa de reforma política del entonces Distrito Federal. Formé parte del cuarto de guerra de un candidato presidencial. Nunca fui diputado o senador. No lo logré. A mis alumnos en la Universidad y a mis conocidos en el PAN, les suelo decir que de entre los de mi camada de Acción Juvenil, soy «el único legislador de mi generación que nunca ocupó una curul, ni un escaño».

Sé cómo piensa el panista promedio, que resortes lo mueven, qué valores encarna, qué fronteras no cruza, y qué fibras lo cimbran. Como dije anteriormente, viví el panismo de manera intensa, y durante muchos años me sentí muy orgulloso de pertenecer a Acción Nacional. El partido fue un referente indiscutible de la forma ética, honesta y generosa de hacer política, en donde cualquier ciudadano tenía la oportunidad de hacer carrera, de aportar y trascender. Desde que éramos oposición (antes de 2000) y hasta bien entrada la primera década del siglo XXI, era evidente que la gente veía al PAN como «el partido de la gente decente», y vaya que lo era. Con esos valores firmemente lacrados en el corazón y en la mente, me desempeñé en las dos únicas posiciones que logré en nuestros doce años de gobiernos federales: la delegación de un organismo federal en el estado de Yucatán, y la dirección nacional de operación y luego jurídica de otro organismo federal. En ambas posiciones me comporté como panista: siempre con las banderas del humanismo político, la eficiencia técnica en las decisiones de política pública que tomé, respeto irrestricto a la ley, separación absoluta de la función pública de la partidista (jamás las mezclé, pues hubiera sido contrario a la ética y a la ley), y por supuesto, jamás hice uso indebido de mis atribuciones públicas. Siempre me ceñí por completo a mi sueldo como servidor público.

Tuve como comenté arriba, extraordinarias experiencias en el PAN. A pesar de que alguna vez le llegué a escuchar a alguien afirmar que «al PAN no se viene a hacer amigos», yo sí hice muchos. Varios de ellos muy cercanos a la fecha, por cierto. Aquí conocí a mi esposa y ella también por cuenta propia se hizo militante del PAN. Llevo en la intensidad de mis recuerdos el emotivo triunfo de Fox en 2000, y la manera como unidos, defendimos el triunfo electoral de Felipe Calderón en 2006, cuando el hombre que siempre divide a la sociedad, López Obrador, no aceptó su derrota, armó un plantón y a la mala intentó impedir que nuestro presidente electo tomara posesión; orillando con ello a una crisis constitucional en su propio beneficio. En 2012, promoví activamente a Josefina para ser la primera mujer presidente de México, lo mismo en la calle que desde la generación de propuestas de gobierno.

¿Qué le ocurrió al PAN a partir de que llegó al poder? Pero sobre todo ¿Qué le pasó a Acción Nacional cuando perdió el poder federal? Que se feudalizó. 

Hasta 2006, eran los panistas quienes votaban a sus nuevos militantes para ser admitidos. Y eran los militantes quienes elegían a sus candidatos, libremente, a partir de la convicción en favor de tal o cual aspirante, fuera a una posición interna, o a una candidatura externa. En todos los casos, se daba por sentado que el candidato, el legislador, el dirigente, o incluso el presidente de la república, eran personas de sobrado panismo, y de probada integridad, honestidad y respeto a la ley y a las buenas maneras en lo político. Nosotros mismos no permitíamos que alguien que no encarnara esos valores panistas lograra acceder a esas posiciones. Bajo esos mismos valores, jamás en tantos años, afilié a una sola persona al PAN. Nunca usé el padrón electoral en mi beneficio personal (algo tanto anti ético como ilegal).

Para 2007 se comenzó a deteriorar la democracia interna del PAN, con decisiones que aún en el ámbito local, se tomaban (e imponían) al partido desde Los Pinos. Se permitió que el gobierno federal fuera colonizado en cargos de dirección de alcance nacional por personajes muy cuestionables en su honestidad personal, cuando no, de plano al servicio de otros intereses partidistas. Fue quizás ese mi primer golpe en el PAN: ver cómo se le permitió al titular del organismo en el que yo me desempeñaba, actuar con total impunidad, y cómo una vez que decidió irse, no fuera yo considerado para sucederlo en su posición (a pesar de ser yo el siguiente en el organigrama, y el siguiente mejor calificado para el cargo), sino que en su lugar fue colocado un amigo del presidente de la república, que llegó ahí a hacer lo mismo que desde que fue alcalde fronterizo en el noreste de México: delinquir. Un personaje que hoy, después de gobernar su estado, tiene ficha roja de Interpol y orden de aprehensión internacional. El presidente de la república lo impulsó entonces y después, en su carrera política. Con su simple llegada al organismo, terminó mi carrera en el gobierno federal. Me mantuve panista, por convicción personal, a pesar de que en 2010 la carrera como servidor público de Estado en la que me formé con toda seriedad en lo profesional, llegó a su fin.

Me mantuve también en el PAN dos años después, al concluir mi paso como coordinador de asesores en la Asamblea Legislativa, a pesar de no ser impulsado ni respaldado a ocupar una diputación local, como sí ocurrió con algunos de mis inmediatos antecesores en esa posición. Las razones de esa falta de promoción, fueron las mismas que experimenté años después a mi salida de la Fundación Preciado: puede más la piel que la camiseta (el parentesco por encima del compañerismo). Nunca me movió en la política el cargo o la curul; mucho menos el beneficio personal. Siempre estuve afiliado al PAN, y no al poder. Por eso me mantuve firme en Acción Nacional; por convicción y afinidad.

Para 2012 resultaba evidente que no lograría ser candidato de mi propio partido, que ya para entonces estaba secuestrado por los caciques locales, a los que se les permitió apoderarse de las estructuras, a través de diversas reformas estatutarias. En 2014, el cacique del PAN en la Ciudad de México y su equipo, sepultaron mi legítima aspiración por ser diputado constituyente, a pesar de que la propuesta legislativa del PAN, que incluso nos llevó a Los Pinos a negociarla con el Jefe de la Oficina de la Presidencia y con el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, era producto de mi lápiz. Fui abiertamente bloqueado políticamente en esa posibilidad cuando decidí recorrer todos los comités delegacionales (hoy de alcaldía) para explicar los alcances de la reforma política que daba vida a la Ciudad de México como entidad federativa. Un año después, ese mismo grupo, que sigue en el poder en el PAN capitalino, operó políticamente y con desesperación en la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para revertir por la vía política lo que como abogado les gané en los tribunales electorales: una diputación local que le correspondía legalmente a mi esposa, y que a la mala se apropiaron.

Y así sin más, «echándome montón», y haciendo uso del más ruin comportamiento político, bloquearon a mi esposa para que fuera diputada local. Muchos contra mi solo, incluso el mismo día en que tenía agendada cita junto con ella, con el magistrado ponente del caso para defender su causa. La bloquearon a ella, y lo mismo hicieron con Miguel Ángel Toscano, cuya legítima aspiración también representé jurídicamente. Después de eso, me mantuve en el partido, pero me jubilé del PAN en todo lo electoral.

De modo que el saldo personal para finales de 2015, era a) mi imposibilidad por ser servidor público en un gobierno del PAN, o bien en alguna posición federal o local aún bajo distinto signo, promovido por el PAN; b) la imposibilidad de ser legislador local o diputado constituyente, por negarme a pertenecer (o aliarme) al grupo político del cacique del PAN en la Ciudad de México (mi entidad y casa partidista); y c) la negativa a permitirle a mi esposa ser diputada local. Y con todo, me mantuve en Acción Nacional, al seguir comulgando con los ideales que representaban su historia, su agenda, y su congruencia doctrinaria e ideológica.

Cerradas en definitiva las posibilidades de participar a través del PAN en el gobierno, de trascender en lo electoral y de aportar en lo legislativo, me mudé hacia el mundo de las ideas, que para 2016 era el último reducto del que aún me sentía orgulloso. A final de cuentas Acción Nacional era el partido más rico (cuando no el único) en ese mundo de la congruencia en sus valores y ese mundo era también mi ambiente natural, como académico. Por eso, y a pesar de que vi como en el último lustro el partido se descomponía en lo político, seguí apostando por esos valores, y a ellos dediqué mi última década en el partido, desde mi paso por la Fundación Adolfo Christlieb Ibarrola.

En el último lustro y desde la Fundación Rafael Preciado Hernández ––asociación civil vinculada al partido como su brazo ideológico o think tank––, decidí promover ese último legado en el que aún creía: los valores del PAN en torno a la vida, a la familia, a las características de la sociedad, y al rol de los hombres y de las mujeres. Como tal, defendí esas posiciones cuando tuve la oportunidad de hacerlo en las negociaciones que se hicieron con la izquierda (PRD y MC) para sacar adelante un candidato común en las elecciones presidenciales de 2018. No les permití a ambos partidos incluir sus agendas ideológicas en la plataforma electoral común. Y hablo en primera persona porque yo la redacté. Grande fue mi sorpresa cuando ya desde entonces, la Secretaría de Promoción Política de la Mujer del PAN, se había convertido abiertamente en una agencia en favor de las agendas feminista y progresista impulsadas por la izquierda. Una perla como ejemplo: cuando en esas negociaciones impedí que se incluyeran esas agendas y su tipo de lenguaje en el documento común, la representante de MC, Martha Tagle, le escribió por chat a quien por entonces estaba encargada de la Secretaría de Promoción Política de la Mujer en el PAN nacional (no su titular) para quejarse, y esta última extrañada, me escribió al minuto para cuestionarme «por encorchetar» esas propuestas de MC. Sí, en lugar de respaldar a su propio partido, me cuestionó el haber dejado fuera contenidos ajenos por completo al PAN. Ahí comencé a notar la naciente colonización ideológica del progresismo en Acción Nacional. Pero al final salió adelante el documento, íntegro, y como lo propusimos. Lo mismo ocurrió (con mayor razón) en la plataforma electoral del PAN que redacté para aquellos distritos en donde el partido no iba a competir en alianza.

En 2020, siguiendo yo en la Fundación Rafael Preciado, me fue encargado de nuevo coordinar los trabajos técnicos de elaboración de la plataforma electoral federal del PAN para 2021. Con el apoyo de mi director general, de nueva cuenta sacamos adelante un documento panista, alejado de la agenda del progresismo, que de manera incisiva presionó para que la incluyéramos. Dicha presión vino ––de nuevo–– desde la misma Secretaría de Promoción Política de la Mujer del PAN, ahora sí por medio de su nueva titular, quien fue apoyada en ese despropósito por el hijo mayor del fundador de la Fundación Preciado, quien incluso le llegó a elaborar contrapropuestas en documentos redactados desde computadoras de nuestra Fundación. A pesar de esas fuertes presiones ideológicas, y con el apoyo del panismo nacional, logramos sacar adelante por unanimidad, la plataforma electoral 2021-2024 en el Consejo Nacional sin una sola coma progresista, y sí en cambio, con un sólido blindaje en lo que representa y ha representado desde siempre el PAN.

Durante mi tiempo de desempeño en la fundación, además de encargarme de la abogacía general de la asociación y de tener bajo mi responsabilidad técnica la elaboración de tres plataformas electorales federales, tuve a mi cargo dos actividades importantes: la coordinación académica de todas las investigaciones de la fundación, y la dictaminación de todas las plataformas electorales estatales del PAN, las cuales no eran aprobadas por el CEN si no llevaban mi firma de aprobación previa. ¿En qué consistía nuestra dictaminación? En que las plataformas se ciñeran a los pilares del humanismo político, así como a la doctrina, ideología, identidad partidista y agenda programática del PAN. En más de un lustro revisé personalmente más de 200 investigaciones, elaboré 12 de ellas, y revisé decenas de plataformas electorales estatales y municipales. Todas las dictaminé «a prueba de balas»: panistas 100%.

En noviembre de 2021, sin embargo, era ya claro que en el PAN, la agenda progresista se había impuesto, y que ésta era abiertamente respaldada y promovida por el presidente nacional del partido, por la referida secretaria de promoción política de la mujer, por la secretaria nacional de formación y capacitación, y por el coordinador nacional de diputados locales (este último si bien no en forma de promoción, sí en vía de omisión); generando todos ellos un mismo daño a la identidad del partido. El denominador común en dicha emboscada ideológica, era la petición personal del jefe nacional del PAN para buscar a como diera lugar, encontrar en los documentos básicos del PAN, o bien que se lograra meter con calzador en los mismos, una interpretación a los conceptos de familia y de matrimonio contrarios a los que históricamente sostuvo Acción Nacional. En ese propósito el presidente nacional del PAN designó al frente de la Fundación Rafael Preciado Hernández al hijo de enmedio del fundador de la asociación (el otro hijo), para que operara esa nueva narrativa progresista, y éste lo hizo con total diligencia y docilidad: la Fundación Rafael Preciado terminó así desde entonces convertida en una mezcla de secretaría particular del presidente nacional del PAN, en coto familiar de su fundador (de nuevo pudo más la piel que la camiseta), y en brazo justificador del viraje ideológico de Acción Nacional hacia posiciones progresistas y de centro izquierda. Por ese motivo, hace un año, todavía ahí, hice valer mi objeción de conciencia, y me negué a avalar documento alguno bajo ese contra-viraje ideológico, antipanista de pies a cabeza.

¿Qué sucedió al mismo tiempo? Que muchos congresos estatales en el país comenzaron a aprobar iniciativas legislativas contrarias a la vida y a la familia natural con el voto a favor del PAN, ante la irresponsabilidad (cuando no pusilanimidad) del coordinador nacional de diputados locales del PAN, más ocupado en su agenda electoral personal y en defenderse de acusaciones ante la prensa, que en sostener e impulsar los valores del PAN ante las bancadas del partido en el país. El jefe nacional de Acción Nacional por su parte, ordenó rehacer el Programa de Acción Política del PAN (que ya había sido aprobado por el Consejo Nacional desde el 05 de diciembre de 2020 y que solo faltaba por ser sometido al voto de la Asamblea Nacional), para hacer uno nuevo, descafeinado del aprobado originalmente, particularmente en lo referente a la definición del concepto de matrimonio, que no le gustó, por ir en contra de su agenda progresista.

El presidente nacional del PAN cree que volviendo «progresista» al PAN por mero cálculo político-electoral, se va a granjear la simpatía y el voto de sectores liberales que nunca han votado antes por el PAN. La apuesta es doblemente equivocada: ni votarán por el PAN aunque lo disfrace de partido naranja, y sí en cambio, ocasionará que el voto duro del PAN comience a buscar nuevas alternativas. Un error estratégico monumental.

Dejé de encargarme de los temas doctrinarios e ideológicos del PAN hace un año, y hace unos meses concluí mi ciclo en la Fundación Rafael Preciado, de la que como dije antes, soy asociado numerario desde hace quince años.

El PAN dejó de ser una escuela cívica de democracia hacia adentro. Hoy en día, la única forma de lograr ser candidato a un cargo de elección popular, o bien encabezar una posición partidista (como dirigente o consejero) en cualquier lugar del país, es si el cacique local en el PAN otorga impulso y/o no veta; o más difícil aún, si se logra el heróico gesto de derrotarlo. Los militantes de a pie por vía libre no tienen ya ninguna posibilidad de trascender hacia adentro. El partido está secuestrado internamente por sus caciques. Hasta el jefe nacional en turno del partido depende de ellos para llegar a su posición, lograr su reelección, tener capacidad operativa, y lograr su propia candidatura federal posterior, lo que origina el círculo perverso de mutua complicidad presidente–caciques estatales del partido.

Hoy en el PAN se premia con posiciones a quienes abusan del poder y son deshonestos (ya es la nueva virtud). La vida del partido ya no depende de sus militantes, sino de los dueños de los padrones de afiliados, los cuales son inflados de manera incesante con dóciles nuevos miembros que en la mayoría de los casos no tienen la mínima idea de lo que realmente significa el PAN, y que son llevados ahí con el único propósito de votar en los procesos internos por quienes se les ordene.  Hoy se abre las puertas de par en par y se otorgan candidaturas a quienes antes han traicionado al partido y se han ido a otras opciones partidistas (los personajes los conocemos todos). Los servidores públicos del PAN ya son en muchos casos calcas de las peores mañas y vicios políticos que tanto combativos.

Lo que impera ahora entre quienes tienen poder e interlocución interna, es la simulación ante la derrota cultural y la colonización ideológica venidas de fuera. Lo que hoy se impone entre ellos es el «voltear la vista para otro lado» en aras de no poner en riesgo posiciones, sueldos o agendas futuras.

El partido se desdibujó. Y roto su último asomo de valía que era su congruencia doctrinaria e ideológica, ya no me queda nada más que hacer o aportar en él. Tampoco espero ya nada del PAN. La mística, el espíritu de cuerpo y la camaradería castrense con la que fuimos formados los jóvenes del PAN cuando yo llegué, ya no existen. Es verdad como me ha dicho alguien de adentro muy cercano, que en la vida hay que elegir bien las batallas. Yo ya di en ese campo, todas las que tenía que dar.

Por esos motivos, tras 28 años de ininterrumpida entrega, convencido de que en la vida no debemos romper lo que se puede desatar, y después de una larga reflexión, he tomado la decisión de desatar mi pertenencia al PAN. Me voy de manera serena y sin estridencias. Le deseo a las personas que quiero y que siguen adentro, la mayor de las suertes. 

Yo por mi parte, desde otros horizontes ciudadanos y profesionales, voy a seguir continuando. Hoy me siento más libre.

Armando Rodríguez Cervantes

martes, 11 de octubre de 2022

20 años como Licenciado en Derecho

Hoy 11 de octubre de 2022, es para mi un día muy especial: cumplo 20 años como Licenciado en Derecho.

Parece que fue ayer cuando hace una década, en un blog que usaba entonces, escribí sobre mi aniversario de 10 años como profesional del Derecho, y hoy se cumplen ya 20 octubres de ese acontecimiento que es trascendente en mi vida no solo profesional, sino personal. Hay un antes y un después de ese día en mi biografía.
 
El 11 de octubre de 2002 a las 5:00 de la tarde me recibí como Abogado en el aula magna Ius Semper Loquitur (el Derecho siempre habla), en mi Alma Mater: la bendita Facultad de Derecho de la UNAM. En aquella época tenía además el privilegio de trabajar en la Oficina del Abogado General de la Universidad.
 
Como alumno de la generación 1996-2000, me tocó ser protagonista y también víctima, del tristemente célebre cierre de la Universidad, ocurrido en 1999. El famoso "paro"  de la UNAM, una imposición de una minoría, duró poco más de 10 meses y me marcó en varios sentidos. Uno de ellos fue, como es lógico, el de la afectación académica. En esa época no había Zoom, Teams o cualquier plataforma digital: vamos, el internet de entonces ni siquiera daba el ancho de banda para pensar en esa posibilidad. Muy pocos tenían celular, y ya no digamos computadoras o menos aún laptops. Por eso, quienes sí queríamos estudiar (en mi caso fui además dirigente antiparista de Derecho), tuvimos que hacerlo en clases extramuros, algo muy difícil, por los constantes sabotajes de los paristas, y sobre todo, porque perdimos la oportunidad de estudiar en nuestras instalaciones y hacer vida universitaria. Hoy pienso en mis alumnos, que padecieron lo mismo por la pandemia, y que dos décadas después, también perdieron la oportunidad de convivir en clases presenciales durante dos semestres. Al final, logré concluir mi carrera sin contratiempos en el año 2000, en nuestras instalaciones en Ciudad Universitaria, cuando fue liberada en pleno año electoral.

El otro aspecto en el que me marcó lo ocurrido en la UNAM, fue en lo relativo al tema de mi tesis profesional. En aquella época, la única forma de titularnos era a través de la elaboración de una tesis (no existían las otras formas alternativas que existen hoy en día para obtener el título, y con las que sí cuentan mis alumnos, como el examen EGEL y la elaboración y réplica de una tesina, como materia a cursar). ¿Cómo influyó el paro en mi tesis?

Resulta que durante el periodo en que nos cerraron la Universidad, me di cuenta de los riesgos que conllevaba el manipular e interpretar a conveniencia el concepto de autonomía universitaria, que había sido usado de pretexto por la izquierda, para clausurar a nuestra Máxima Casa de Estudios. El uso correcto del concepto, en realidad implica la libertad de la Universidad para el autogobierno, su autogestión y manejo financiero, la elección de sus autoridades y desde luego, para la libertad de cátedra, sin intervención de entes externos. La autonomía universitaria es un valor que -precisamente- es universalmente reconocido. Fue así que decidí que me recibiría como Abogado con una tesis sobre la autonomía universitaria. Esto se reforzaba con el hecho de que trabajando yo entonces en la UNAM, fui testigo de los abusos que se cometían contra la Universidad y su personal, en aras de una mal entendida autonomía, que los grupos de la izquierda radical consideraban como sinónimo de extraterritorialidad (léase cometer toda suerte de delitos con total impunidad).
 
Quería hacer una tesis en la que explicara el verdadero sentido de esa autonomía universitaria, enfocado al ámbito de la transparencia y la rendición de cuentas, y tomando como base una ley que acababa de ser publicada entonces: la Ley de Fiscalización Superior de la Federación (que como lo preví en la misma tesis, acabaría evolucionando e incluso cambiando de nombre).
 
Mi tesis la dividí en 2 partes: la primera fue la parte histórica de la Universidad, en la que abordé 450 años de historia de la Universidad en el uso del dinero público, desde que fue fundada en 1551, pasando por su conversión en Real y Pontificia Universidad de México, así como la época independiente y el siglo XX. De manera muy especial y con emoción retomé en la tesis la época de los rectorados de José Vasconcelos y de  Manuel Gómez Morin, así como los años de 1944-45, cuando derivado de un conflicto generado por la II Guerra Mundial, un joven de 32 años llamado Raúl Cervantes Ahumada (mi abuelo), terminó siendo Secretario General de la Universidad, y a petición del Presidente Ávila Camacho y del Rector Alfonso Caso, redactó el proyecto de Ley Orgánica de la UNAM, que fue presentado al Congreso y se convirtió en la Ley vigente de la Universidad.
 
En la segunda parte de la tesis, analicé todas las leyes que había tenido la UNAM en su historia, para ver cómo trataba el tema del dinero, y finalmente analicé la Ley que comenté párrafos arriba. Pretendí demostrar (y creo haberlo logrado), que la UNAM no podía ser tratada como cualquier organismo público, ignorando su historia, su tradición y sobre todo su autonomía sui generis. Y que por el contrario, la UNAM podía rendir cuentas y ser transparente ante la Nación, pero de adentro hacia afuera, y no al revés.
 
Mi sínodo estuvo integrado por juristas y universitarios de cepa, como el Dr. Jaime Miguel Moreno Garavilla, amigo querido, y el Lic. Daniel Ojesto Martínez Porcayo, quien además de haber sido mi profesor, era por entonces mi jefe y Director General de Asuntos Jurídicos de la UNAM. El examen fue sumamente emotivo, tanto en las intervenciones de mis sinodales, como en mis réplicas y en la forma como mis invitados se conmovieron, comenzando por mis papás, mis hermanos, mi abuela, tíos y mis amigos, tanto los de la Universidad, como los de Aguascalientes, que vinieron especialmente a verme y compartir conmigo ese momento. La memoria de mi abuelo impregnó el ambiente en el Aula esa tarde, lo que volvió el evento doblemente emotivo.
 
Al finalizar el examen, organicé una recepción (brindis) en la casa de mis abuelos, al sur de la Ciudad de México, en donde había tenido la oportunidad de vivir con ellos durante varios años. Fue una fecha inolvidable. 

20 años después, ya no está mi papá conmigo. Como tampoco lo estuvo mi abuelo en ese memorable día, pues había fallecido cinco años antes. Varios de mis tíos, y algunos amigos también ya partieron. Pero hoy que llego a esta fecha, la recuerdo con especial emoción, y me sigue removiendo, al igual que entonces, fibras muy sensibles: logré cristalizar un sueño largamente anhelado.

Hoy soy profesor de Derecho en la Universidad Anáhuac. Y esta mañana mis queridos alumnos, de dos grupos diferentes me recibieron con un aplauso cuando supieron del aniversario. Me conmovieron.

Dios y nadie más sabe lo que el futuro me depara profesionalmente, y como jurista. Hoy por lo pronto, recuerdo con gran emoción este aniversario y se los comparto. Y como diría Carlos Gardel: 20 años no es nada.
 
OO00oo oo00OO

lunes, 7 de febrero de 2022

9 películas que todo Abogado debe ver

lectura 6 minutos

En mis clases de Derecho en la Universidad Anáhuac, les suelo pedir a mis alumnos ver películas. Algunas veces incluso las he compartido con ellos en el salón de clases, o hasta por Zoom, como ocurrió durante el periodo de Gran Reclusión a causa de la pandemia (2020 y 2021). Las películas me ayudaron mucho en mis clases de Ética Jurídica (Deontología) durante un par de años. También se las he sugerido en mi curso de Comparative Law (Derecho Comparado), que les imparto en inglés; ya que refuerza en ellos la posibilidad de comparar entre el sistema jurídico Romano-Germánico (el nuestro), y el de la familia del Common Law, propio de los países anglosajones, y con Estados Unidos y el Reino Unido a la cabeza.

Les comparto enseguida una propuesta de 9 películas muy recomendables para los abogados, para los estudiantes de Derecho y también para los pasantes que comienzan su vida profesional. En todos los casos, las películas muestran elementos propios de la condición humana, de las leyes, del significado de la justicia y el deber ser. Sobre cada una les doy una breve referencia, libre de spoilers, por supuesto, a fin de que por ustedes mismos descubran su contenido. La mayoría de las películas las encontrarán en las diversas plataformas de streaming bien conocidas (Netflix, HBO Max, Prime Video, AppleTV etc.). Pocas veces es necesario adquirirlas en formato físico. Así que ¡vamos a darle! Con ustedes las 9 películas que todo Abogado debe ver:

The Firm (La Firma, o Sin Salida)

Mitch McDeere (Tom Cruise), es un pasante recién egresado de la carrera de Derecho en Harvard, y por su excelencia académica logra ser contratado por una pequeña Firma de abogados en Memphis, que le ofrece un sueldo y prestaciones de ensueño. Pronto descubrirá las misteriosas características de la Firma. Película basada en la magnífica tradición de thrillers jurídicos de John Grisham.

Just Mercy (Buscando Justicia)

Bryan Stevenson (Michael B. Jordan) también fue un buen estudiante de Derecho en Harvard, pero a diferencia de sus compañeros, él no decidió irse a los grandes despachos a ganar dinero, sino a ayudar a la gente pobre o sin recursos. Es pues, un abogado social. Usando como base a una organización civil sin fines de lucro, Bryan se fija el objetivo de defender a personas afroamericanas (como él), que han sido injustamente encarceladas, acusadas de diversos delitos.

A Few Good Men (Cuestión de Honor)

Daniel Kaffee (Tom Cruise) es un abogado miembro de la Marina de Estados Unidos, que tiene poco tiempo de práctica pero un gran desempeño, ganando asuntos asociados a ese sector. Un día le encargan la defensa de dos conscriptos, acusados de asesinar a un colega en la base naval estadounidense ubicada en Bahía de Guantánamo, en Cuba. El caso se convierte rápidamente en una cuestión de honor. Es una delicia ver la soberbia actuación de Jack Nicholson en el papel del Coronel Nathan R. Jessup. 

The Judge (El Juez)

Hank Palmer (Robert Downey Jr.) es un exitoso abogado, quien no lleva una relación de cercanía con su familia, incluido su padre, el respetado Juez Joseph Palmer (Robert Duvall), con quien es incluso distante. Hank recibe un día la llamada de su hermano, avisándole de la muerte de la madre de ambos, por lo que acude al funeral. Estando abordo del avión de regreso, el hermano le llama de nuevo, ahora avisándole que el Juez está acusado de homicidio, y le pide defender al padre de ambos.

A Time to Kill (Tiempo de Matar)

Una película más con el sello de John Grisham. En esta película, Jake Brigance (Mathew McConaughey) es un abogado que ejerce en el estado de Mississipi, en el corazón del sur racista de Estados Unidos. Jake es blanco, lo cual es importante para la trama. Un día, una pequeña niña afroamericana es abusada y golpeada por dos supremacistas blancos. El padre de la pequeña, Carl Lee Hailey, acude a Jake que es su amigo, y le pregunta si lo defendería en caso de que él decidiera matar a dos hombres. Jake le dice que sí, pero que no haga nada estúpido.

Devil's Advocate (El Abogado del Diablo)

Kevin Lomax (Keanu Reeves) es un abogado en una pequeña localidad de Florida, y quien es famoso porque nunca ha perdido un caso. Es algo de lo que él se siente orgulloso. Después de un difícil caso, es contactado en un bar por el representante de una poderosa firma de abogados de Nueva York, quien lo invita a catapultar su éxito. A través de él Kevin conoce al director de ese imperio jurídico, llamado John Milton (Al Pacino). Milton le ofrece riqueza, fama y éxito si se une a ellos y Kevin no duda en mudarse con su esposa a esa nueva vida de lujo y glamour. Sin embargo, tan pronto se integra a la Firma, sucesos desconcertantes ocurren en torno a su vida; algo en lo que siempre está involucrado Milton.

Erin Brockovich

Basada en un caso de la vida real, Erin Brockovich (interpretada por Julia Roberts), narra la historia de una madre divorciada y sin trabajo, que por azares del destino termina auxiliando a un abogado en su despacho. Estando ahí, Brockovich conoce el caso de una familia que tuvo gastos médicos que fueron pagados por la empresa Pacific Gas and Electric Company (PG&E). Al poco tiempo se da cuenta que el caso se relaciona con agua contaminada, y a partir de ahí, Erin se convierte en una activista ambiental que termina por encabezar una famosa acción judicial en contra de dicha compañía.

JFK

Esta estupenda película narra el caso judicial del magnicidio del presidente estadounidense John F. Kennedy, en 1963. El protagonista es el Fiscal de Distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison (Kevin Costner), quien se dedica a investigar el caso y emprende uno de los más famosos juicios en la historia de ese país, en el que el Fiscal busca demostrar que el asesinato fue producto de un complot bien planeado, con el objeto de privar de la vida al presidente de Estados Unidos.

In the Name of the Father (En el Nombre del Padre)

En 1974, una bomba terrorista cobró la vida de gente inocente en un bar en Londres. El día de los hechos, el joven norirlandés Gerry Conlon, se encontraba en esa ciudad. Precisamente sus padres lo habían enviado ahí a casa de una tía, para alejarlo de los graves problemas de violencia política y religiosa que por entonces sufría Irlanda del Norte, que buscaba independizarse del dominio británico. El hecho fortuito de la presencia de Gerry en Londres, así como su relación con personas a las que acababa de conocer, hizo que fuera acusado junto con su familia y amigos de ser responsables del acto terrorista, y encarcelado junto con su familia y amigos, que vivían en Belfast, dando pie a uno de los juicios más famosos que existen en torno al famoso conflicto. La película contó con el apoyo y la música de U2, cuyos miembros, siendo jóvenes atestiguaron el problema de Irlanda del Norte, lo que los llevó a componer la famosa canción Sunday Bloody Sunday, sobre los acontecimientos del Domingo Sangriento, el 30 de enero de 1972, el cual acaba de cumplir 50 años.