lunes, 5 de julio de 2021

Los actores no estatales y su creciente influencia en México y el mundo (primera parte)

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Le llevó muchos milenios a la humanidad organizarse en torno a la figura del Estado, esa gran invención de orden social que mezcla un territorio permanente, población, gobierno y reconocimiento internacional. El Estado es la expresión jurídica de una nación, mientras que la nación es la mayor manifestación de uniformidad cultural de una sociedad.

Las naciones aglutinan personas que comparten un pasado o tradición, un presente o realidad, y un futuro o proyección. Quienes pertenecen a una nación de manera originaria, convergen en una identidad y una idiosincracia que los une a todos, con independencia de las características particulares de las personas o de los grupos: siempre hay valores en común compartidos por ellos, y ajenos a otras nacionalidades.

Podemos decir que Estado es sinónimo de país, mientras que nación es sinónimo de pueblo. Ambos conceptos suelen estar asociados, dado que las naciones buscan como regla general convertirse en estados, para dotarse de estabilidad política y certidumbre jurídica, así como para perdurar. Pero no siempre hay relación entre una nación y un Estado.

Se puede ser nación y Estado al mismo tiempo (como México y otros 193 casos en el mundo). También se puede ser una nación sin ser un Estado, a pesar del empeño puesto en lograrlo (el caso más famoso en la actualidad es el del pueblo palestino). Es posible de igual manera ser Estado sin ser nación (como sucede con la Santa Sede, o hace un par de siglos con el Sacro Imperio Romano Germánico). Finalmente, se puede ser una nación a la que no le interesa ser un Estado (como ocurre con el pueblo gitano).

Hubo modelos antiguos de Estado desde luego. Es el caso de China en extremo oriente, o del mundo helénico (Grecia) y de Roma en Occidente. Pero el Estado moderno, como lo conocemos hoy en día, nació con la Paz de Westfalia, de 1648. Fue el primer tratado multilateral de la historia.

El tratado puso punto final a la Guerra de los Treinta Años, un episodio histórico que ocurrió cuando Europa se fue a las armas por motivos de religión. De un lado estaba el bando católico, encabezado por España, los Habsburgo, el Sacro Imperio, y la Iglesia Católica; y por el otro el bando protestante, en cuyas filas coincidían los principados alemanes, Suecia, Holanda, los cantones helvéticos y... Francia, que aunque católica, peleó de ese lado, buscando preventivamente evitar ser engullida por España (por entonces la primera potencia mundial) o por los Habsburgo (la familia más poderosa de Europa).

Westfalia tuvo como resultado la derrota del papado y de sus aliados, pero también el inicio del Estado como lo conocemos hoy en día, con soberanía, fronteras y capacidad para relacionarse con otros estados. A partir de entonces y durante los siguientes siglos, el Estado fue el centro de la vida pública y el máximo referente de poder, tanto internamente como en el mundo. Los países y los mapas europeos que conocemos en la actualidad, se comenzaron a formar a partir de entonces.

El Estado moderno logró para sí la soberanía, que es la capacidad de un país de tomar sus propias decisiones de manera interna y externa, sin que nadie intervenga o se oponga a la voluntad de ese país. Hasta antes de esa guerra quien ostentaba esa soberanía en Europa occidental era la Iglesia, en la figura del Papa. Otro logro del Estado, además del reconocimiento de su existencia y de la inviolabilidad de sus fronteras, fue que pudo garantizarse para sí diversos monopolios, que ninguna persona o grupo le podía disputar, como el ejercicio del gobierno, la representación del país en el exterior, la creación de normas jurídicas, la impartición de justicia, la seguridad pública, el uso de la fuerza pública (violencia legítima), el cobro de impuestos, la acuñación de moneda, la prestación de servicios públicos, la titularidad original de todos los recursos naturales, y la regulación del comercio y de la actividad económica.

Sin embargo, con el surgimiento del Estado, comenzaron también a desarrollarse los llamados actores no estatales. Estos son entidades no soberanas de origen privado, que ejercen una influencia significativa a nivel nacional o internacional, en términos económicos, políticos o sociales. No son Estado, desde luego, ni son gobierno, pero pueden incidir en el rumbo de los países y de la comunidad internacional. Los actores no estatales han existido desde siempre, incluso desde mucho antes que el Estado, pero a partir de Westfalia y en un proceso paulatino de siglos, comenzaron a surgir, a desarrollarse y a consolidarse.

Los actores no estatales pueden agruparse dentro de cinco categorías esenciales:

1. Las instituciones religiosas.

2. Las corporaciones trasnacionales y los magnates.

3. El cuarto y el quinto poder.

4. Las organizaciones no gubernamentales.

5. El crimen organizado. 

De esos cinco derivan todos las demás.

Las instituciones religiosas

Las instituciones religiosas como es natural, son actores no estatales solo si en efecto hay una separación entre ellas y el Estado. Por eso no pueden existir en los países fundamentalistas islámicos, en donde Estado y religión son lo mismo (como en Irán o Arabia Saudita). La Iglesia Católica por otro lado, es el único caso que registra la historia mundial de un actor no estatal que se convirtió en Estado. Después de eso se convirtió en un híbrido estatal-no estatal. Esto se dio en un largo proceso de siglos. Inicialmente la Iglesia fue un actor no estatal clandestino e incluso perseguido, pero se convirtió en el Estado a partir de la caída del Imperio Romano en 476 D.C. y esa situación prevalecería hasta Westfalia. A partir de ahí solo conservó la jurisdicción de los Estados Pontificios (que tenían ya un milenio de existencia). 

En 1870, en la culminación del proceso de unificación italiana, Víctor Manuel II (de la Casa de Saboya) quien para entonces ya era rey de Italia, intentó desalojar al Papa del Vaticano, o bien que aceptara el usufructo a perpetuidad, más no la propiedad, del Vaticano y de las demás propiedades pontificias en Roma. El Papa Pío IX ofendido, se negó, desconoció al Estado italiano y se declaró prisionero de éste en el Vaticano. El incidente, que pasó a ser conocido como "la cuestión romana", culminó hasta 1929 a través de los Pactos de Letrán, entre la Iglesia y el régimen de Mussolini. Los Pactos pusieron fin al diferendo, con el reconocimiento de la Santa Sede (Ciudad del Vaticano), como Estado soberano y sujeto de derecho internacional. Con ello la Iglesia Católica recobraba su estatalidad, pero sin perder su condición de actor no estatal.

A partir de 1929, y a pesar del carácter de estatalidad que conservó solo para fines internos y de relación diplomática con la comunidad internacional, la Iglesia Católica ha obrado más bien como actor no estatal, y en su calidad de la institución religiosa con el mayor número de fieles en el cristianismo, siendo a la vez el cristianismo la religión más extendida del orbe. La Iglesia ha aportado más al mundo desde entonces a partir de su enorme influencia espiritual. La mayor de esas aportaciones la dio el Papa Juan Pablo II, al ser entre 1979 y 1990 un factor determinante para el derrumbe del comunismo, a partir del derribo de la ficha de dominó más débil en la fila: Polonia. Con la caída del comunismo en Europa, la Iglesia se mostró ante el mundo como un actor no estatal sumamente influyente.

En México, según las cifras del censo de población del INEGI de 2020, el catolicismo continúa siendo la religión del 77% de la población (97.8 millones de personas). México es el país con más católicos de Hispanoamérica, y el segundo del mundo, solo por debajo de Brasil.

La Iglesia Católica continúa siendo un actor no estatal sumamente relevante en México, a pesar de que las iglesias evangélicas han crecido constantemente en los últimos años conforme al último censo. Esto último es un dato para considerar, dada la enorme apertura que el presidente Andrés Manuel López Obrador (de religión evangélica), le dio a su iglesia, a quien incluso llegó a encargar la distribución en sus templos, de la llamada «Cartilla Moral», un compendio escrito de reglas morales, emanados todas las mañanas del púlpito presidencial.

Sea desde la sociedad o desde el gobierno, la religión seguirá siendo en el futuro un actor no estatal de primer orden en México.

Las corporaciones trasnacionales y los magnates

Las grandes empresas multinacionales concentran una cada vez mayor cantidad de riqueza y de poder en el mundo. En muchos sentidos, son como pequeños países que cuentan con embajadas en el exterior a través de sus filiales (territorio), con gobiernos corporativos (gobierno), y con empleados y consumidores globales (población). Cuentan con el aval de Wall Street para existir (la ONU), y su influencia es mayúscula. Son el gran desafío para la soberanía del siglo XXI.

La primera trasnacional de la historia fue la Compañía Holandesa de las Indias Orientales la cual se catapultó gracias a Westfalia. Junto con esa, otras empresas asociadas al comercio comenzaron a surgir, aunque inicialmente de manera lenta y selectiva, entre ellas su equivalente británico: la Compañía Británica de las Indias Orientales. Tendría que ser la revolución industrial y el nuevo orden económico mundial surgido tras Waterloo en 1815, el hecho que permitiera el surgimiento de la llamada primera globalización. La tradición señala que fue precisamente la derrota de Napoleón en Waterloo el acontecimiento que hizo posible la inmensa fortuna de los Rotschild, la familia de banqueros que ese día se convertirían en precursores del uso de información privilegiada para propósitos de lucro financiero.

A partir de 1870, finalizada la Guerra Civil en Estados Unidos y coincidiendo con el inicio del periodo de Reconstrucción, surgieron las grandes empresas trasnacionales que cambiarían la faz de la tierra, pero también los primeros grandes empresarios. Fue en ese periodo cuando el famoso comodoro Cornelius Vanderbilt se convirtió en el primer magnate y multimillonario de ese país, al lograr crear y consolidar un imperio en el mundo del transporte (barcos y ferrocarriles). Después de Vanderbilt vinieron otros grandes, como John D. Rockefeller (petróleo y gas), Andrew Carnegie (acero), John P. Morgan (bancos, finanzas y electricidad), y Henry Ford (automóviles).

150 años después, las empresas trasnacionales ya no son de commodities, sino de servicios, principalmente tecnológicos. Los imperios corporativos de 2021 son Amazon, que se convirtió en el gran ganador de la Gran Reclusión, motivada por la pandemia; Apple y sus dispositivos; Microsoft y su software, Tesla y su apuesta por la movilidad del futuro, y Tencent, el emporio chino, mezcla de internet, redes sociales y digitales, sitios web y comercio electrónico. Los magnates de hoy a título individual, son Jeff Bezos, de Amazon; Bill Gates de Microsoft; y Bernard Arnault, dueño del imperio de la moda LVMH.

En esta nueva era, un actor no estatal disruptivo y que dará mucho de qué hablar, son los emisores de criptomonedas, como Bitcoin. Han puesto en riesgo a la actividad bancaria tradicional, pero también al Estado, al romperle el monopolio de creación de moneda de curso legal a través de un banco central, y delimitada a sus fronteras. Las criptomonedas pondrán en riesgo la soberanía de varios países, y han iniciado el debate en torno a si los gobiernos en el mundo debieran o no emitir moneda digital nacional (govcoins).

En cuanto a México, la mayoría de las fortunas surgieron a partir del inicio del periodo postrevolucionario, con la salvedad de la familia Garza Sada (el equivalente mexicano a la aristocracia empresarial estadounidense de los Rockefeller), y la familia Salinas; ambas con empresas importantes desde la época de la primera globalización. Los primeros ya tenían Femsa en 1890, mientras que los segundos dieron vida al que hoy se conoce como Grupo Salinas desde 1906. Todos los demás, forjaron sus fortunas desde los años 30, por lo cual el equivalente de grandes empresarios mexicanos visionarios fueron desde entonces y por el resto del siglo XX, las familias Azcárraga (Televisa); Servitje (Bimbo); Zambrano (Cemex); y Slim (Inbursa, Telmex y Telcel). Otros importantes empresarios mexicanos, actores no estatales poderosos, han sido la familia Baillères (Peñoles, GNP, el Palacio de Hierro, y el ITAM); y los Larrea (líderes mineros y de transporte ferroviario, con Grupo México).

Desde 1930 a la fecha, el surgimiento de las grandes empresas mexicanas padeció (o se favoreció) de la actitud de los presidentes de México hacia la libre empresa, en un país hiperpresidencialista, en donde eso era un factor determinante para el éxito de los negocios. La posición de los presidentes de México frente a la iniciativa privada ha llegado a ser de cercanía y de proyecto común (Alemán, Salinas, Fox, Calderón, Peña Nieto); en otros casos de neutralidad y respeto mutuo (Ávila Camacho, Ruiz Cortines, De la Madrid); mientras que desafortunadamente también lo ha sido de enfrentamiento abierto, particularmente del gobierno hacia los empresarios (Cárdenas, Echeverría, López Portillo y López Obrador). En el análisis de las grandes empresas trasnacionales de origen mexicano, es necesario reconocer que la forma como se forjaron obedece a las características políticas del país.

En la actualidad la relación de los grupos empresariales con el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, es como se dijo, lamentable. La iniciativa privada toda, ha sido golpeada por el gobierno, desde antes de la pandemia. La cancelación de la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (el NAIM) en diciembre de 2018, fue el peor error y la más autoritaria medida económica tomada por un presidente de México desde la expropiación bancaria de 1982, ordenada por el presidente José López Portillo. A partir de ahí, se frenó en seco la inversión privada en México. Por lo menos la gran inversión. La crisis de confianza y el golpe al clima de inversión ocasionados por tal decisión del presidente son irreversibles para lo que queda de la actual administración sexenal. Y sin bien en público los empresarios no polemizan con el presidente y hasta se reúnen con él a comer y le prometen inversión, una vez que salen de esas reuniones se afianzan en su decisión de no invertir en un país en donde desde el poder presidencial se promueve la incertidumbre jurídica y no se respeta el estado de derecho.

El cuarto y el quinto poder

En el siglo XVIII, el de la Ilustración, el barón de Montesquieu innovó con la teoría de la división de poderes. Esa que dice que para evitar la existencia de monarcas absolutistas, el poder para su ejercicio debe dividirse en tres: un poder ejecutivo, un legislativo y otro judicial. La tesis es universalmente aceptada en prácticamente todos los países del mundo.

Basado en ese hecho, e inspirado en el célebre ideólogo y parlamentario británico Edmund Burke, quien aparentemente lo usó por primera vez, el historiador escocés Thomas Carlyle, popularizó el término «cuarto poder» para referirse a la prensa, como una forma de resaltar el enorme grado de influencia que ya tenía entonces en los países democráticos en la definición y rumbo de los gobiernos y en las sociedades, como si se tratara de un nuevo poder, sumado a los otros tres.

En 1930, la radio irrumpió como el gran medio de comunicación masiva en el mundo. Ya no se requería saber leer o poder estar en los centros urbanos en donde se vendían (o leían) periódicos, para informarse. Ahora podía uno informarse uno en vivo, y a larga distancia; aún en zonas rurales. Desde el ámbito privado y como actor no estatal, Orson Welles mostró el poder de la manipulación, cuando el 30 de octubre de 1938 e inspirado en La Guerra de los Mundos, la famosa obra de H.G. Wells, anunció en radio una supuesta invasión de extraterrestres a la tierra, provenientes del planeta Marte. Con ello además, Welles generó las primeras fake news masivas de la historia.

Durante las siguientes décadas la prensa y la televisión protagonizarían como actores no estatales otros episodios, determinantes para la vida de los países, e incluso del mundo entero. Así ocurrió con el primer debate presidencial que se televisó, entre el candidato demócrata John F. Kennedy y el republicano Richard M. Nixon, ocurrido el 26 de septiembre de 1960. Esa noche, la imagen fresca, bronceada y de seguridad de Jack Kennedy, quien se preparó para el encuentro y se presentó con traje oscuro, contrastó con la de un Nixon fatigado, sin rasurar, sudoroso, reponiéndose de una gripa, y con traje claro. Al final, resultó que el 90% de los electores vieron el debate por televisión y no por radio, y 4 millones de ellos decidieron su voto esa noche, lo que llevó a Kennedy a la victoria.

Apenas unos años después, el cuarto poder le traería al ahora sí presidente Nixon, una sorpresa desagradable, cuando el diario The Washington Post, desató el 18 de junio de 1972, el escándalo de Watergate, mostrando a un presidente que no dudó en espiar a sus adversarios electorales (los demócratas), en la sede de su propio partido, ubicado en el hotel de ese nombre. El hecho se judicializó, y al final Nixon se vio orillado a renunciar, para evitar ser destituido por el Congreso e ir a dar a la cárcel. Los periodistas del Post que desataron el escándalo, Bob Woodward y Carl Bernstein, serían acreedores al Premio Pulitzer.

Hubo cuatro episodios más que reflejaron la enorme influencia del cuarto poder a nivel mundial. El 16 de enero de 1991, CNN transmitió en vivo el inicio de la Guerra del Golfo. Una década después todos los medios del mundo mostraron en el 9/11, la escena del derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York, quizás las imágenes más impactantes en la historia de la televisión. El tercer evento fue la invasión de Estados Unidos a Iraq, en vivo por CNN, el 20 de marzo de 2003. El último gran acontecimiento transmitido en vivo a todo el planeta fue la muerte del Papa Juan Pablo II, el 02 de abril de 2005. Ese fue el último gran episodio de la era del cuarto poder. Su monopolio terminó quizá ese día; la era analógica de la información también.

Para 2006 se dio un giro, que sería reconocido por la Revista TIME, que otorgó en su portada anual de diciembre, el premio como «Persona del Año» (Person of the Year), a la gente, mostrando una computadora en su portada, reconociéndola como la gran controladora de la información vía el internet. Tan solo un mes después, el 09 de enero de 2007, Steve Jobs presentó el iPhone, y el quinto poder formalmente inició. Ahora la gente tenía a la mano y en todo momento la capacidad de generar voz, imagen, video, internet…. y de utilizar redes sociales (que a partir de ahí se popularizaron). En 2008, el quinto poder llevó a Barack Obama a ganar la elección presidencial en su país, y en 2011, las redes sociales fueron clave para organizar a los habitantes de diversos países musulmanes y llevarlos a derrocar a varios de sus gobiernos autoritarios, en Egipto y el Magreb: fue la famosa «Primavera Árabe». En épocas recientes el quinto poder, de la mano del movimiento Black Lives Matter (las vidas de las personas negras importan), generó las más importantes protestas raciales en ese país en medio siglo, a causa del homicidio del ciudadano afroamericano George Floyd. El movimiento y su resonancia en todo Estados Unidos  contribuiría a la derrota de Donald Trump en noviembre de 2020. Hoy, a solo quince años de la portada del TIME, el quinto poder es exponencialmente más poderoso en todos lados de lo que fue entonces.

En México, a partir de la etapa postrevolucionaria y durante prácticamente todo el siglo XX, el cuarto poder estuvo generalmente asociado al poder político. Así funcionaron los principales diarios impresos, y también la televisión, en parte por miedo al presidencialismo autoritario, y también por conveniencia financiera. La independencia de los medios impresos comenzó en el país de manera plena hasta los años 90, de manera sobresaliente con el periódico Reforma, crítico desde el inicio con el poder político.

Por lo que se refiere al quinto poder, este comenzó a manifestarse quizá desde la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto, pero llegó para quedarse a partir de los escándalos de corrupción de ese presidente, y se magnificó con la desaparición de los 43 de Ayotzinapa, en septiembre de 2014. Las etiquetas de tendencia (hashtags) definieron el futuro del gobierno de Peña Nieto desde ahí y hasta el final de su gobierno. Fue ese lamentable episodio de desaparición forzada, el momento en que los gobiernos de México, y de manera específica los presidentes, perdieron la guerra de la opinión pública, que ahora pasó a ser controlada por el quinto poder. Nunca más a partir de entonces, los presidentes de México controlaron a las redes sociales.

Con el presidente Andrés Manuel López Obrador se dio un fenómeno interesante en las redes sociales. Lo ayudaron a ganar el 1º de julio de 2018, y esa noche él las bautizó como «benditas», solo para atacarlas y desacreditarlas dos años después, cuando ese quinto poder exhibió la ineptitud del obradorismo para gobernar al país, aún desde 2019. A partir de la pandemia, las ahora «malditas redes» mostraron la irresponsable indolencia del gobierno frente a la pandemia, y el saldo de cientos de miles de muertos, millones de empleos perdidos, los actos de corrupción de la familia del presidente, la inseguridad en el país, y en general el abierto abandono de las clases medias a su suerte. Todo lo anterior dañó la imagen del presidente y de su gobierno, que quedaron pulverizados en las redes sociales.

A lo anterior, se ha sumado la reinvención del cuarto poder, ahora por la vía digital. Periodistas como Carlos Loret y Víctor Trujillo, han tenido más impacto frente al poder desde su plataforma digital Latinus, que la que tuvieron en las pantallas de la televisión convencional. Desde ahí ahora, han destapado más escándalos de corrupción que todas las autoridades del país juntas. 

El cambio en las tendencias de generación y consumo de información, son irreversibles. En adelante, no habrá en México ningún presidente que gane la guerra de la opinión pública en las redes sociales. Estas pertenecen al quinto poder, ese estupendo actor no estatal que son los ciudadanos, mujeres y hombres informados y de a pie, y que están blindados contra la manipulación del Estado y contra las bravatas autoritarias del actual gobernante.

(Continúa en la segunda parte, a publicarse el 12 de julio de 2021).

Para citar la primera parte de este ensayo, puedes utilizar el siguiente formato:

Rodríguez A. (05 de julio de 2021): «Los actores no estatales  y su creciente influencia en México y el mundo (primera parte)», página web de Armando Rodríguez C. (julio 2021). Recuperado de: https://www.armandorodriguezc.com/2021/07/los-actores-no-estatales-y-su-creciente.html


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