martes, 11 de octubre de 2022

20 años como Licenciado en Derecho

Hoy 11 de octubre de 2022, es para mi un día muy especial: cumplo 20 años como Licenciado en Derecho.

Parece que fue ayer cuando hace una década, en un blog que usaba entonces, escribí sobre mi aniversario de 10 años como profesional del Derecho, y hoy se cumplen ya 20 octubres de ese acontecimiento que es trascendente en mi vida no solo profesional, sino personal. Hay un antes y un después de ese día en mi biografía.
 
El 11 de octubre de 2002 a las 5:00 de la tarde me recibí como Abogado en el aula magna Ius Semper Loquitur (el Derecho siempre habla), en mi Alma Mater: la bendita Facultad de Derecho de la UNAM. En aquella época tenía además el privilegio de trabajar en la Oficina del Abogado General de la Universidad.
 
Como alumno de la generación 1996-2000, me tocó ser protagonista y también víctima, del tristemente célebre cierre de la Universidad, ocurrido en 1999. El famoso "paro"  de la UNAM, una imposición de una minoría, duró poco más de 10 meses y me marcó en varios sentidos. Uno de ellos fue, como es lógico, el de la afectación académica. En esa época no había Zoom, Teams o cualquier plataforma digital: vamos, el internet de entonces ni siquiera daba el ancho de banda para pensar en esa posibilidad. Muy pocos tenían celular, y ya no digamos computadoras o menos aún laptops. Por eso, quienes sí queríamos estudiar (en mi caso fui además dirigente antiparista de Derecho), tuvimos que hacerlo en clases extramuros, algo muy difícil, por los constantes sabotajes de los paristas, y sobre todo, porque perdimos la oportunidad de estudiar en nuestras instalaciones y hacer vida universitaria. Hoy pienso en mis alumnos, que padecieron lo mismo por la pandemia, y que dos décadas después, también perdieron la oportunidad de convivir en clases presenciales durante dos semestres. Al final, logré concluir mi carrera sin contratiempos en el año 2000, en nuestras instalaciones en Ciudad Universitaria, cuando fue liberada en pleno año electoral.

El otro aspecto en el que me marcó lo ocurrido en la UNAM, fue en lo relativo al tema de mi tesis profesional. En aquella época, la única forma de titularnos era a través de la elaboración de una tesis (no existían las otras formas alternativas que existen hoy en día para obtener el título, y con las que sí cuentan mis alumnos, como el examen EGEL y la elaboración y réplica de una tesina, como materia a cursar). ¿Cómo influyó el paro en mi tesis?

Resulta que durante el periodo en que nos cerraron la Universidad, me di cuenta de los riesgos que conllevaba el manipular e interpretar a conveniencia el concepto de autonomía universitaria, que había sido usado de pretexto por la izquierda, para clausurar a nuestra Máxima Casa de Estudios. El uso correcto del concepto, en realidad implica la libertad de la Universidad para el autogobierno, su autogestión y manejo financiero, la elección de sus autoridades y desde luego, para la libertad de cátedra, sin intervención de entes externos. La autonomía universitaria es un valor que -precisamente- es universalmente reconocido. Fue así que decidí que me recibiría como Abogado con una tesis sobre la autonomía universitaria. Esto se reforzaba con el hecho de que trabajando yo entonces en la UNAM, fui testigo de los abusos que se cometían contra la Universidad y su personal, en aras de una mal entendida autonomía, que los grupos de la izquierda radical consideraban como sinónimo de extraterritorialidad (léase cometer toda suerte de delitos con total impunidad).
 
Quería hacer una tesis en la que explicara el verdadero sentido de esa autonomía universitaria, enfocado al ámbito de la transparencia y la rendición de cuentas, y tomando como base una ley que acababa de ser publicada entonces: la Ley de Fiscalización Superior de la Federación (que como lo preví en la misma tesis, acabaría evolucionando e incluso cambiando de nombre).
 
Mi tesis la dividí en 2 partes: la primera fue la parte histórica de la Universidad, en la que abordé 450 años de historia de la Universidad en el uso del dinero público, desde que fue fundada en 1551, pasando por su conversión en Real y Pontificia Universidad de México, así como la época independiente y el siglo XX. De manera muy especial y con emoción retomé en la tesis la época de los rectorados de José Vasconcelos y de  Manuel Gómez Morin, así como los años de 1944-45, cuando derivado de un conflicto generado por la II Guerra Mundial, un joven de 32 años llamado Raúl Cervantes Ahumada (mi abuelo), terminó siendo Secretario General de la Universidad, y a petición del Presidente Ávila Camacho y del Rector Alfonso Caso, redactó el proyecto de Ley Orgánica de la UNAM, que fue presentado al Congreso y se convirtió en la Ley vigente de la Universidad.
 
En la segunda parte de la tesis, analicé todas las leyes que había tenido la UNAM en su historia, para ver cómo trataba el tema del dinero, y finalmente analicé la Ley que comenté párrafos arriba. Pretendí demostrar (y creo haberlo logrado), que la UNAM no podía ser tratada como cualquier organismo público, ignorando su historia, su tradición y sobre todo su autonomía sui generis. Y que por el contrario, la UNAM podía rendir cuentas y ser transparente ante la Nación, pero de adentro hacia afuera, y no al revés.
 
Mi sínodo estuvo integrado por juristas y universitarios de cepa, como el Dr. Jaime Miguel Moreno Garavilla, amigo querido, y el Lic. Daniel Ojesto Martínez Porcayo, quien además de haber sido mi profesor, era por entonces mi jefe y Director General de Asuntos Jurídicos de la UNAM. El examen fue sumamente emotivo, tanto en las intervenciones de mis sinodales, como en mis réplicas y en la forma como mis invitados se conmovieron, comenzando por mis papás, mis hermanos, mi abuela, tíos y mis amigos, tanto los de la Universidad, como los de Aguascalientes, que vinieron especialmente a verme y compartir conmigo ese momento. La memoria de mi abuelo impregnó el ambiente en el Aula esa tarde, lo que volvió el evento doblemente emotivo.
 
Al finalizar el examen, organicé una recepción (brindis) en la casa de mis abuelos, al sur de la Ciudad de México, en donde había tenido la oportunidad de vivir con ellos durante varios años. Fue una fecha inolvidable. 

20 años después, ya no está mi papá conmigo. Como tampoco lo estuvo mi abuelo en ese memorable día, pues había fallecido cinco años antes. Varios de mis tíos, y algunos amigos también ya partieron. Pero hoy que llego a esta fecha, la recuerdo con especial emoción, y me sigue removiendo, al igual que entonces, fibras muy sensibles: logré cristalizar un sueño largamente anhelado.

Hoy soy profesor de Derecho en la Universidad Anáhuac. Y esta mañana mis queridos alumnos, de dos grupos diferentes me recibieron con un aplauso cuando supieron del aniversario. Me conmovieron.

Dios y nadie más sabe lo que el futuro me depara profesionalmente, y como jurista. Hoy por lo pronto, recuerdo con gran emoción este aniversario y se los comparto. Y como diría Carlos Gardel: 20 años no es nada.
 
OO00oo oo00OO

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